Taletober2020. Día 4: Flauta.

Hola lectores.

Domingo, espero que vuestro día haya ido bien, el mío ha estado pasado por agua, pero ha sido tranquilo. Nuestro relato de hoy gira entorno a un músico, una flauta y una maldición.

¡Allons-y!

 

Cuentan las leyendas que cada cierto tiempo nace un niño maldito en una generación y que, si esto ocurre, pronto alguien llegará para llevarse a la criatura en cuestión empleando un arma que nunca nadie ha podido rechazar. La música.

Pero eso solo son cuentos de viejas, o eso piensa la gente.

Ellas conocen la historia. Son seis chicas de quince años, todas con una vida estupenda. Están saliendo de clase y hablan sobre quedar más tarde, pero una de ellas está ensimismada, tiene ganas de volver a su casa. Tiene un nuevo vecino, un chico que toca la flauta travesera y que parece hechizarla con su música.

—¿Hoy vas a salir?

La voz de una de sus compañeras de clase saca a la joven de su ensimismamiento. Vuelve los ojos hacia ella y arquea las cejas interrogante; su interlocutora repite la pregunta con un leve rastro de hastío en su voz.

—No —la chica apenas mira a su compañera—. Hoy ya he quedado.

No es mentira, piensa la joven, técnicamente no lo es.

Se despide de las chicas de su clase y colocando la mochila sobre sus hombros se monta en la bici y pedalea de regreso a su casa. Su padre estará trabajando y en el piso seguro que solo la aguarda su gata, pero lo que ella espera no es ni a su progenitor ni al felino.

Al entrar en su casa cierra sin hacer ruido y sin cambiarse, solo dejando la mochila en su dormitorio entra al salón. Arrastra un sillón hasta la ventana y tomando un libro por si acaso abre el cristal que da al patio de luces.

no pasa ni media hora cuando un puñado de notas musicales se acercan a su ventana y ella mira sobre las páginas del libro, allí está el flautista, no sabe quién es, ni si quiera si lleva mucho tiempo viviendo allí, pero cada tarde tiene una cita con él y su música.

La flauta travesera plateada arranca destellos entre las manos del músico y sus párpados están cerrados. A ella le gusta cuando toca así, sin pensar en nada; apenas puede ver su rostro desde su ventana, pero ve que su pelo es muy claro, parece ir a juego con el instrumento. Nunca ha visto sus ojos, o los tiene cerrados cuando vuelve el rostro hacia su ventana o está colocado de costado y la joven no puede mirarlo de frente.

Suspira y baja la vista hacia su libro cuando la melodía termina y sus manos pasan una hoja del volumen, apenas es consciente del libro que tiene entre las manos, sabe que llevará con el mismo semanas, pero no le importa demasiado.

Le parece extraño que no vuelva a tocar una canción diferente y levanta un poco la cabeza. La joven abre unos ojos como platos al ver que el músico la está mirando fijamente; ahora puede ver sus ojos, de un raro color ámbar, casi amarillo fijos en ella.

—Puedo enseñarte.

Su vecino alza el instrumento en una mano y un libro de música en la otra, le está sonriendo y ella le devuelve la sonrisa casi sin pensarlo.

—Aunque también podemos llegar a un acuerdo. Yo puedo tocar música todas las tardes para ti si tú lees para mí.

Cuando semanas más tarde vuelven a preguntarle si tiene algo que hacer para salir con ellas, la chica se limita a sacudir la cabeza, sonreír y señalar con la mirada a su nuevo amigo, quien la espera con el instrumento al costado y la bici cogida por el manillar.

Al alejarse la joven y decirles adiós con la mano, sus compañeras saben que algo extraño acaba de pasar y aunque no lo entienden, sus corazones les gritan que esa será la última vez que vean a la muchacha, porque la maldita ya encontró a su flautista.

 

¡Un saludo y hasta la próxima palabra!

Escucha la entrada

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.