Taletober2020. Día 31: Eco

Hola lectores.

El último día del Taletober. Los ecos de las historias se empiezan a despedir de mí. Me ha costado, pero lo he conseguido, he superado el reto.

¡Allons-y!

 

La preocupación por ella alcanza ya a todo el grupo y los cuatro amigos deciden poner cartas en el asunto.

Con insistencia no dejan de llamar a la puerta de su amiga, pero del interior no sale nada, ni un sonido. Parece que no esté en casa, pero ellos saben que lo está, la chica no puede salir del lugar sin que ellos lo sepan.

Una de las cuatro personas, una chica menuda de gafas saca una llave del bolso y abre la puerta, había prometido no usar la llave excepto en emergencias y esto es una emergencia, no ven a su amiga desde hace un mes y creen que va siendo hora de pedir explicaciones.

La casa está iluminada por el sol, las ventanas están abiertas y los suelos y armarios limpios, no parece que la chica se haya ausentado.

El único chico del grupo comienza a abrir puertas mientras sus compañeras lo siguen. El lugar está en silencio, solo pueden ver a la gata de su amiga durmiendo en el sofá; el animal alza la cabeza y abre un ojo, los mira, bosteza y vuelve a cerrarlo para seguir durmiendo, poco le importan a ella cuatro humanos más o cuatro humanos menos en su casa.

Una de las chicas, no la de gafas, sino una con una cinta amarilla apartando las ondas de su melena de su rostro alza una mano, en sus ojos hay una alerta y sus amigos se detienen. La joven se acerca a ellos y todos juntan las cabezas.

—¿Escucháis eso?

Tras su susurro todos guardan silencio y agudizan el oído, pronto captan lo que su amiga ha escuchado, es un repiqueteo constante que viene del fondo del pasillo. La última joven de melena castaña mira a los demás extrañada.

—¿Es cosa mía o parece un teclado?

—No puede… la última vez…

Los cuatro como uno solo se lanzan por el pasillo, el chico abre la puerta y sus amigas miran tras su espalda. El quinto componente del grupo está en el escritorio con las manos sobre el teclado de su ordenador plateado.

La chica que escribe tiene los auriculares puesto y hasta sus amigos llega el retumbar de la música; lleva el pelo largo recogido atrás y sus dedos vuelan sobre el teclado. Las letras amarillas sobre fondo negro se deslizan sin pausa en la pantalla.

La de gafas entra en el cuarto y ve junto al ordenador una hoja impresa, la coje y lee en voz alta, su amiga está participando en un reto, tiene que escribir un relato por día.

El horror se refleja en los rostros de todos, la escritora sigue inexpresiva mientras escribe, ni si quiera se ha percatado de la entrada de sus amigos.

—Parece que hemos llegado justo en el momento, chicas, mirad, está escribiendo el final del relato número treinta y uno.

Los dedos de la escritora van parándose lentamente mientras el eco de todas las historias que ha escrito resuena en su mente. Su cerebro se ha vaciado de todo, las palabras vuelven a abandonarla y ella sale lentamente a la realidad volviendo la cabeza hacia sus amigos.

—Hola —la joven los mira extrañada—. ¿Habíamos quedado?

Los cuatro suspiran aliviados, intentarán que las palabras sigan en su lugar y no vuelvan a poseer a su amiga de esa forma.

 

¡Un saludo!

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