Taletober2020. Día 26: Noche

Hola lectores.

Hoy he empezado a trabajar y estoy cansada, pero aún así, aquí tenéis el relato del Taletober. Noche es la palabra asignada para este texto.

¡Allons-y!

 

Sabía que no estaba siendo razonable, volviendo una y otra vez, pero me sentía bien allí, sentado bajo la ventana leyendo con la luz de la luna como lámpara. Debí haber sabido que no todo iba a estar bien, que no todo iba a ser bueno, que me encontrarían tarde o temprano.

No vi la luz que se acercaba ni escuché los pasos que se aproximaban tan absorto como estaba en mi lectura, pero ellas estaban allí; ocho sibilas entraron a la biblioteca hablando entre ellas, la mujer que llevaba la luz, una lámpara con forma de pompa de jabón en la que brillaba una pelota de luz blanca soltó un agudo grito y mientras soltaba la luz vi su rostro, ojos oscuros y severos, rizados cabellos de oro y una mueca asustada en sus facciones.

La que estaba junto a ella, una mujer más joven de pelo castaño salió corriendo de la estancia y mientras sus compañeras se echaban las capuchas sobre el rostro (no se para qué, si ya las había visto) se acercaron a mí y entre todas me llevaron bruscamente a otra sala en la que aguardaban más escarlatas, unas cinco, entre las que se contaba la joven de cabello castaño y una anciana de cabellos de plata y ojos lilas.

Me sentaron con brusquedad en una silla frente a la anciana y todas rodearon la larga mesa entre susurros, solo la rubia, la anciana y la castaña llevaban las caperuzas bajadas, supongo que porque a ellas las vi bien, me alegré de constatar que eran humanas y no esfinges ni diosas Medusas traídas desde la antigüedad más antigua.

—¿Quién eres? —la voz de la anciana, contrariamente a lo que me esperaba sonó fuerte y potente tras de mí.

—Alex —me negué a revelar mi nombre completo, algo me decía que no lo hiciera.

-¿Apellido?

-No tengo —eso no era del todo mentira.

-¿Te das cuenta de lo que has hecho?

—Leer —repliqué con insolencia.

—No me agotes la paciencia muchacho —la última palabra estaba impregnada de desdén mal disimulado—. No peco de paciente.

—Es lo que estaba haciendo.

En ese momento capté algo por el rabillo del ojo y perdí el hilo de la conversación, la anciana les preguntaba qué me habían visto leer, pero cuando giré hacia allí la cabeza no vi nada, solo vi noche y una ventana entreabierta. La anciana caminó hasta colocarse dándome la espalda y de perfil hacia la ventana; en el momento en el que yo retiré la mirada, volví a captar algo y giré la cabeza.

Vi el rostro de una joven, más pequeña que yo, sus ojos eran muy dorados y su cabello muy claro, nuestras miradas se encontraron y ella cayó hacia atrás, deseé que no se hubiera hecho daño e hice bajo la mesa un gesto con los dedos, como si dibujara en el aire una estrella, señal para espantar los malos augurios por parte de los centauros;

la muchacha hizo ruido al caer y las mujeres se precipitaron hacia la ventana, fue la del cabello castaño quien se asomó y dijo que cinco de las chicas de la torre estaban allí espiando. Le deseé suerte y esperé que pudiera perderse en la noche antes de que la atraparan.

Todas salieron de la habitación, incluso la anciana, parecían haberse olvidado de mí pues al parecer veían con idénticos malos ojos el espionaje y la lectura nocturna, la de un varón, claramente. Me quedé solo, esas mujeres con cuerpo de afroditas y almas de amazona habían salido corriendo de la estancia en pos de las espías y yo no malgasté esa oportunidad, di las gracias a esas chicas de la torre y salí corriendo por el laberinto de pasillos hasta encontrar la salida.

volví más por el santuario, pero las noticias no tardaron en correr por el lugar, un vagabundo (sí, me habían catalogado como un vagabundo) había entrado en el santa santorum de las brujas de rojo… digo las sibilas, hacían de mí una descripción detallada, así que tuve que esconderme un poquito durante un tiempo, he de decir que esas semanas fueron las peores de mi vida, pasé hambre, no podía conseguir comida porque nadie quería acercarse a mí, solo una persona me ayudó, bueno, dos, Joel, el antiguo magister cesado y Melania, esa sobrina suya. Él le pedía a la chica que me llevara lo que necesitara, pero no podían ser constantes, al fin y al cavo ellos ya tenían suficientes problemas como para añadirme a mí a su lista.

Decidí marcharme, me fui de la ciudad, no pintaba nada en ese sitio, no me quedaba nada, mi verdadera familia estaba en el bosque, no en la urbe. Dejé una carta para Joel y Melania, supongo que la chica se la habría entregado al hombre; pero yo decidí volver a la espesura verde, protegido por el tapiz de hojas, tomé mi arco del interior del árbol y volví con los centauros un año después de haberme marchado.

 

¡Un saludo y hasta la próxima palabra!

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