Taletober2020. Día 23: Final

Hola lectores.

Los finales pueden ser abiertos, cerrados, abruptos o esperados. No hay nada más ansiado y temido que un final.

¡Allons-y!

D

ante observó fijamente a la extraña muchacha que tenía frente a él sin dejar de rasgar su laúd. Al bardo le había llamado la atención desde que entró a la plaza.

La mujer era menuda, su tez era pálida, sus ojos de un color tan azul como el mar, esos iris parecían estar hechos de agua; aunque lo más extraño eran sus cabellos, que brillaban azules bajo la luz del sol.

Dante bajó la cabeza y se tapó el rostro con su sombrero ladeando la pluma turquesa que llevaba prendida en él. Esa extraña mujer lo estaba mirando fijamente y el juglar comenzaba a ponerse nervioso, era extraña y a Dante le parecía alguien que no pertenecía a su mundo.

Los últimos acordes de su melodía resonaron por la plaza llegando al final de la canción y a su pañuelo cayó una concha azul, el joven la miró y alzó lentamente la cabeza; la extraña muchacha de ojos de agua estaba frente a él mirándolo fijamente.

Con gestos rápidos el trovador recogió su pañuelo y se puso en pie encarándose a la muchacha mirándola desde debajo del ala de su sombrero azul oscuro. Guardó su instrumento sin quitarle los ojos de encima, cosa que ella tampoco hizo en ningún momento.

—¿Queréis algo, mi señora?

La joven extendió los dedos hacia el chico y posó las yemas sobre su pecho. Dante no se movió, no sabía lo que hacía, pero mentalmente localizó su daga y pensó cuánto tardaría en cogerla si era necesario. Ella solo habló cuando alejó su esbelta mano del cuerpo del joven.

—Disculpad si os he molestado —su voz era dulce, suave y melodiosa, cantarina como el agua de una cascada y clara como el mar—. mi nombre es Siahia. Vos sois un contador de historias, creo que sois el único que puede ayudarme

—¿Necesitáis un cuento para dormir?

—Vos conocéis muchas historias, yo solo conozco una. ¿Me permitís contaros un cuento, mi señor?

—Estaría bien escuchar un cuento en lugar de narrarlo por una vez. Empezad, no os interrumpiré.

—Cuenta que hace mucho tiempo —comenzó la muchacha…

“En lo más profundo del mar, vive un pueblo mítico, muy enlazado al agua y que no puede abandonar dicho elemento. Solo una elegida entre las de su pueblo es capaz de salir del mar y caminar sobre dos piernas como los humanos. Esa elegida no es solo una aventurera, sino que es una salvadora para su pueblo.

Cuando la elegida es seleccionada por la mano de la diosa, solo puede significar una cosa: su corazón, el alma de la deidad ha sido robada.

La elegida debe caminar sobre la tierra y encontrar el tesoro robado antes de que los mares se tornen salvajes y las manos enfermas de la diosa no sean capaces de retenerlo y atarlo para que se mantenga controlado y en calma.

Se cuenta que solo una mujer rota por dentro y entera por fuera, es capaz de ayudar a la elegida y que la guía que las llevará a ambas es una flecha perdida que no encuentra una diana en la que hacer blanco”.

La voz de la muchacha se apagó llegando al final del cuento y Dante la miró aguardando más. Cuando ella le había hablado de una historia, él había pensado que tendría un argumento más trabajado y profundo, pero la peliazul solo le había hablado vagamente de una diosa, de sirenas y si no se equivocaba, de tres mujeres.

—¿Y ese es vuestro cuento? ¿Qué queréis de mí?

-Ayuda. Necesito encontrar a esas mujeres.

-ya —Dante se rio—. He conocido a muchas mujeres, he estado con muchas muchachas, pero creo que no es eso lo que precisáis de mí. puedo ayudaros a encontrar a un hombre, al fin y al cavo tenéis a uno delante dispuesto a ayudaros a conocer al sexo masculino muy profundamente, pero no soy ni un guía, ni una flecha ni una mujer rota.

—Vos conocéis a muchas mujeres, pero ninguna de la que frecuentáis es la que me interesa —ella lo miró imperturbable—. No tengo intención alguna de conocer hombres, así que podéis guardar vuestro descaro, conmigo no tiene efecto. Necesito de vuestras dotes de trotamundos y las necesito urgentemente. Os pagaré bien, si es lo que os preocupa.

—Ahora sí nos entendemos —Dante sonrió—. Soy en ese caso vuestro hombre, mi señora.

 

 

¡Un saludo y hasta la próxima palabra!

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