Taletober2020. Día 17: Lazo.

Hola lectores.

De nuevo una historia sobre una chica que aún no ha sido escrita. La vida de esta sacerdotisa hace años que da vueltas en mi cabeza. Quizá, si este año participo en el Nano, uno de estos relatos será el esquema de mi historia para noviembre. Espero que los lazos sin atar de Ivy os gusten.

¡Allons-y!

 

Los toques en su puerta suenan apremiantes, Ivy no quiere levantarse, si lo hace tendrá que enfrentarse a ese día que tanto miedo le ha dado, el día en el que su cuerpo se cubrirá por la etérea túnica azul y verde como el mar y ligera como el agua que la marcará de por vida, que atará el lazo de su vida a la diosa Hídor.

Solo quiere darse media vuelta, cerrar sus ojos azules y volverse a dormir, acurrucarse y no despertar, pero su madre entra a la habitación con pasos enérgicos y decididos, agarra las mantas verdes de la cama de su hija y las quita con fuerza. Ivy suspira y se incorpora, mira a su madre entre sus cabellos desordenados y ondulados, es muy guapa.

Su tez es bronceada, como la de su hija, pero sus cabellos son negros, espesos, lustrosos y brillantes como un manto negro de terciopelo. Sus ojos son almendrados, como los de su hija, pero no azules, sino castaños y en ese momento apremiantes.

Ivy ha heredado de ella la figura delgada y esbelta, pero no su pelo, ni el tinte de sus iris de miel. Tiene el cabello castaño brillante y ondulado, como el de su difunto padre. Esa mañana su cabello será cortado hasta la mitad de su espalda y teñido de azul desde los hombros hacia abajo, como muestra de respeto por su diosa Hídor.

Adayra mira a su hija, Ivy le devuelve la mirada y se pone en pie, camina hasta su baúl y saca de su interior una túnica blanca, ligera y fina que se pone por la cabeza; piensa en peinarse, pero se da cuenta de que no tiene sentido y tras tomar del tocador la cadena de plata con la piedra azul con forma de gota, sale tras su madre del pequeño cuarto de paredes azules y verdes que tiene en la amplia casa de las novicias de Saleam.

Juntas caminan por el corredor, el pasillo es un túnel de techos abovedados, de temperatura fresca y de paredes tenuemente luminosas como si estuviera hecho de coral de luz. El suelo del mismo está cubierto por una alfombra blanca, suave y esponjosa sobre la que caminan las novicias, las sacerdotisas y las madres superiores. A Ivy le gusta ese sitio, es tranquilo y fresco, es su hogar, pero en el fondo de su corazón esconde un secreto, un secreto que ni Zaida, su mejor amiga, conoce.

La mujer más mayor mira a la joven. Adayra se despide con un beso en la mejilla de su hija y ésta entra en una habitación de amplias cristaleras que dan al mar y en la que cuadros de ríos, lagos y embalses dan un toque fresco a al cuarto. Dentro de la estancia, dos sacerdotisas rubias la aguardan, ante ellas hay una silla negra en la que Ivy se sienta dándoles la espalda, ellas, con manos diestras comienzan a peinarla y poco a poco a cambiar su aspecto.

Tras lo que para Ivy es una eternidad, las dos sacerdotisas envuelven su cabello en hojas y la ayudan a ponerse en pie, las tres salen de la estancia, es entonces cuando la chica ve actividad en los pasillos y reconoce a Zaida, una muchacha alta y espigada, de melena lisa, fina y dorada, que también está envuelta en hojas, y grandes ojos grises; ambas se sonríen desde lados opuestos del corredor, pero siguen caminando junto a las dos mujeres que las llevan.

Todas las novicias, diecisiete para ser exactos, llegan a una gran estancia con el techo en forma de cúpula, una cristalera cubre su cúspide haciendo que una luz multicolor bañe la estancia y caiga sobre la amplia piscina que se encuentra en el centro del lugar. Todas las novicias hacen un corro entorno a la misma y extienden los brazos, las mujeres que las acompañan se colocan a sus lados, cuatro pasos por detrás y las jóvenes comienzan a entonar el canto, el juramento de fidelidad a Hídor que ninguna ha de romper bajo ningún concepto.

Pero Ivy lo pronuncia a regañadientes, ella no siente el lazo del que hablan sus hermanas y cree que nunca lo sentirá. No quiere ser sacerdotisa, si está haciendo eso es por su madre, solo por ella, aunque quizá su vida algún día pueda cambiar…

 

¡Un saludo y hasta la próxima palabra!

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