Taletober2020. Día 15: Canción

Hola lectores.

El bosque giró entorno a Abel, la canción lo hace entorno a Stara, una chica joven encandilada por las canciones antiguas de dioses y éroes, por las historias y los cuentos. De nuevo la historia de esta chica aún no ha sido escrita, pero espero que os guste.

¡Allons-y!

 

“Stara, has de ser una buena chica, serás una sacerdotisa, a las sacerdotisas se las respeta, ¿Me estás escuchando Stara?”

Nunca quise ser una sacerdotisa de Tilia, bueno, de ningún otro dios la verdad, no me llamaba la atención ninguno de ellos, bueno sí, sus historias y canciones, sobre todo aquellas de los años oscuros y el hechicero Uril, esas me encantaban,

Creo que mi espíritu aventurero viene por los libros que leo y los viajes que hace mi padre y a los que yo no puedo ir por esa soberana tontería de que soy mujer. Por eso cuando lo conocí a él, cuando caminando felizmente por el bosquecillo conocí a ese elfo de cabellos tan negros como la noche y hermosos ojos gris tormenta, me sentí como una de las protagonistas de los libros que me leía mi aya.

Quería bajar hasta el río y sentarme allí a escuchar su canción, lo hacía siempre que mi madre organizaba una de sus reuniones de señoritas y mi padre salía de viaje; no quería estar con ellas así que salí por la puerta trasera y bajé corriendo entre los árboles hacia el sonido del agua. Cuando llegué la sorpresa llenó mi cuerpo, ya había alguien en mi rincón secreto, un joven con el pelo y la ropa mojada.

Al escucharme el  joven se puso en pie de un salto y cayó sobre mí con un estilete en la mano. Sentí miedo. Mis ojos se fijaron en sus orejas punteadas y sus ojos rasgados, unos ojos que se clavaron en los míos. Una chispa de arrepentimiento prendió en sus pupilas y se apartó de mí de golpe mirándome con disculpa, confusión y abatimiento, parecía un niño asustado allí a un metro de mí, creo que no mejoré la situación cuando me eché a llorar.

—No llores… —me pidió el elfo con voz dulce—. Por favor, no llores pequeña.

—Me has hecho daño.

—Te pido disculpas, pero me asustaste, actué sin pensar, además, no podría hacer daño a una niña tan bonita como tú en la vida, y eso que mi vida es muy larga. ¿Me perdonas? —sacudí la cabeza—. vale, no me perdonas —El se acuclilló y me tendió el estilete por la punta—. Creo que los humanos lo hacéis así.

—Sí, mi padre hace eso a veces con otras personas. —Tomé por la empuñadura dorada con piedras rojas el estilete que me tendía—. ¿Cómo te llamas?

Esa pregunta salida de mis labios creó entre los dos una amistad que por lo menos yo no rompería jamás y supe que él tampoco, Driz se convirtió en mi hermano mayor, mi mejor amigo y durante los años de mi adolescencia y preadolescencia en mi amor platónico.

Cuatro años después de ese primer momento acudí al lugar donde él se ocultaba y me encontré con que él ya no estaba, me había dejado un mensaje, me decía que no quería meterme en problemas y que si yo lo necesitara que le enviara un mensaje sin dudarlo ni un segundo. Me sentí traicionada, pese a mí misma lloré, lloré amargamente por el amigo y hermano que me había dejado sola y se había marchado sin mí sin decirme nada.

Corrí de vuelta a casa y no hice caso de lo que mi madre me decía, me iban a mandar al santuario de Tilia para hacerme sacerdotisa, eso era lo que me faltaba, algo se quebró en mi interior, ni si quiera podía confiar en mi madre, ella me quería mandar lejos, alejarme de ella, sacarme de mi casa. Decidí que jamás me iba a encariñar de nadie, de nadie, aunque mi vida dependiera de ello, nunca más volví a confiar en nadie más.

Sí, hice amigas en el santuario, pero nunca confié en ellas, las sentía como unas compañeras más que como unas amigas, solo había tenido una amiga en toda mi vida, una amiga que no me traicionaría jamás, yo misma. Fue doloroso recordar a Driz, su sonrisa cálida, el cariño en sus ojos; cada vez que pensaba en él mi corazón se aceleraba, quise olvidarlo y lo conseguí hasta que a los dieciséis años llegó una carta al santuario, una carta a nombre de Star.

La madre Cila me tendió la carta y cuando la tomé entre mis manos supe que era de él, de Driz. Esperé hasta la hora de la comida y me alejé del resto de estudiantes sentándome bajo un árbol, la abrí y leí las palabras que el elfo había escrito para mí. No quise leerlas de inmediato, antes de ello evoqué el momento de mi llegada y su ausencia. Cogí aire varias veces y bajé la vista hacia las líneas de pulcra caligrafía.

Hola estrellita, espero que todavía te acuerdes de mí, si no lo haces, lo entenderé, habrás querido sacarme de tu vida, gracias a mí te enviaron lejos de tu familia, gracias a mí estás metida en un monasterio o como lo llaméis los humanos, te pido disculpas Star, pero tuve que irme, me arriesgaba a meterte en más problemas de los que ya tenías si puedes venir, me gustaría verte en el cenador dónde nos despedimos.

La verdad, acudí a su encuentro como mi corazón me ordenaba, ese sentimiento de amor platónico que sentía por él se había apagado y volvía a verlo como mi hermano. ¿Qué hubiera pasado si no hubiera ido? ¿Los hubiera conocido a todos de igual forma? ¿Me hubiera visto envuelta en las guerrillas que cubrían todo el continente? Nunca lo sabré, pues acudí a su encuentro y toda mi vida cambió de forma radical ¿Para mejor o para peor?

Sea como sea, me gusta imaginar que mi propia canción comenzó con esa carta.

 

¡Un saludo y hasta la próxima palabra!

Escucha la entrada

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.