Taletober2020. Día 12: Bosque

Hola lectores.

Espero que tengáis una feliz semana y que el lunes haya sido un buen día. Hoy mi relato tiene como protagonista a un silfo, os voy a ser sincera, este personaje está vivo en una historia que nunca ha dejado de dar vueltas en mi cabeza. Se llama Abel y tiene cinco amigos maravillosos con los que algún día recorrerá su mundo y vivirá mil aventuras, aunque de momento está durmiendo, su historia aún no ha sido escrita. Pero, el relato del silfo y su bosque sí. ¿queréis leerla?

¡Allons-y!

 

Desde que era pequeño me han enseñado a cuidar el bosque y la vida, pues nosotros en eso nos parecemos a las dríadas, pero a ellas se las conoce como las esposas de los árboles y las guerreras de la vida.

Nosotros por nuestra parte defendemos el bosque ya que es nuestra casa, pero no somos como ellas, ni de lejos, nosotros no luchamos cuando un intruso entra en nuestro bosque, no disparamos y luego preguntamos; nosotros invitamos al forastero a unirse a nuestras danzas, a nuestras fiestas y a nuestros ritos.

Nunca he entrado en  Earin, pues los silfos lo tenemos prohibido, sí, las hadas pueden entrar siempre y cuando la matrona les de permiso y solo cuando uno de nuestro pueblo está herido, pues son ellas quienes tienen el poder de curación innato.

Durante toda mi infancia me han hecho creer en algo que yo no entendía, durante toda mi infancia me han repetido las mismas palabras, los versos de Minna, nuestra patrona.

Minna es nuestra vida, me decían, Abel, aprende a amar a Minna, me repetían, pero yo no lo entendía, ¿Cómo voy a amar a alguien que no conozco? Aprendí pronto a no formular esta pregunta, a no hablar y a no exteriorizar mis verdaderas opiniones excéntricas, pues yo creía en lo que podía ver y he de ser sincero, en la vida he visto a un hada bañada de azul con poder sobre el mar.

Recuerdo que cuando tenía solo veinte años, para los de mi pueblo un niño que no alcanzaba a volar solo ni cincuenta metros, decidí plantear en mi clase esta pregunta; aún me arrepiento de haberlo hecho.

Lo recuerdo como si fuera ayer, yo quería saber, no hay cosa que más ansíe en el mundo que el anhelo de conocimiento, el querer llegar más allá.  No pensé que fuera a hacer daño a nadie pero lo conseguí; a mi maestra, un hada delicada, menuda y mayor se le cayó al suelo el libro que sostenía entre las manos y me miró con esos ojos verdes que siempre reflejaban calor y amor aunque en ese momento en ellos yo solo veía ira y frialdad.

Se acercó a mí y con una de sus blancas manos me golpeó con una fuerza que yo no creía que podía haber en su interior. Jamás hubiera pensado que la amable Laurel podría ser tan cruel con uno de sus alumnos, yo la miré desde el suelo sin saber qué había dicho para contrariarla, la respuesta me llegó de labios de mi hermana, sentada un poco más lejos; Seian me miraba con sus ojos azules muy abiertos y musitaba solo una frase, una frase que aún en sueños me persigue:

—ese, ese no es mi hermano, pues de mi hermano no habría salido tal herejía.

Esas palabras me hicieron más daño que cualquier golpe, cualquier ataque físico. Salí corriendo del claro donde Laurel nos daba clase y me perdí, me perdí como un niño asustado, bueno, en efecto lo era, no quería escuchar a nadie, no quería más sermones, más golpes y sobre todo no quería volver a ver a Seian, con esa frase había cortado cualquier lazo que nos unía.

Llegué casi a la frontera del bosque y allí vi por primera vez a una de ellas, vi por primera vez a una dríada. Danzaba entre los árboles con sus rojizos cabellos al viento, su menudo cuerpo casi parecía volar, sus ropas se camuflaban con los claroscuros del bosque y sus ojos no me vieron en ningún momento, pues yo era pequeño y supe ocultarme.

Pensé que no me había visto, pero tras acabar su danza se detuvo y miró fijamente al lugar donde yo estaba oculto, me había visto desde el principio. No se enfadó, ese día yo había visto tantos enfados que no quería que nadie más me echara la bronca, por lo que su sonrisa me alegró la expresión y me vi impulsado a salir y devolvérsela, solo el agua cristalina del río nos separaba.

—¿Te has perdido? —preguntó con su voz dulce y aguda como el gorjeo de un pájaro.

—No. —me limité a decir—. ¿Y tú? —ella rió y nunca en la vida había escuchado un sonido similar.

—No, yo estoy bailando para mi diosa.

—¿La conoces? —pregunté antes de poder refrenar mis palabras.

-No. Al igual que tú tampoco conoces a Minna, tu patrona.

Yo abrí la boca para contestar, pero ella alzó una mano, miró sobre su hombro y saltó sobre las rocas hasta mí. Cuando la tuve al lado me di cuenta de que no tenía mi edad, seguro que tendría el doble de años que yo, era menuda como todas las de su pueblo y su rostro era de rasgos aniñados y bronceados.

—¿Me guardas un secreto? —asentí—. mientras que no la conozca, yo no creeré en Irina. Y mi hermana menor tampoco, yo me estoy encargando de eso, como que mi nombre es Seide, ella no va a ser una esclava de la fertilidad y la vida.

—A mí me han pegado por no creer.

—Este es un mundo libre, puedes creer o no creer.

—Solo dije que no quería amar a alguien que no conocía.

—Gracias, eso le diré a Maya cuando me pregunte por la diosa —la dríada rió—. Ahora me tengo que ir silfo, pero si quieres venir a verme bailar, acude aquí antes de que el sol de las tres Ladys desaparezca por entre los árboles.

Así hice una amistad con una dríada que nunca más vería, pues tras haberla ido a ver bailar durante muchos días, meses e incluso años, dejó de acudir y nunca más la volví a ver pero no tardé en hacer otra amiga; veinte años después me arriesgué a entrar en Earen para buscarla, pero no fue a ella a quien encontré, sino a una joven dríada de pelo verde y hermosos ojos negros, era hermosa, como todas las dríadas, pero ella me ayudó a salir y fueron tantas las emociones del momento que nunca le pregunté por Seide.

Pero ahora mismo, cuando ya soy mayor y he madurado, me pregunto si no hubiera sido mejor creer en Minna, ¿A caso eso me habría librado de vivir los horribles sucesos que viví?

 

¡Un saludo y hasta la próxima palabra!

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