Reseña: El lazarillo de torpes, de Miguel Martín Sandín.

Reseña: El lazarillo de torpes, de Miguel Martín Sandín.

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¡Gatos  docentes! ¿me recuerdan? Soy Samira, la que hace mucho no se dejaba ver el pelo por el rincón de lectura. Hoy, nuestra jefa que es maravillosa  y me perdona por no publicar tan seguido como debería, me cedió su día de publicar para celebrar con vosotros el día internacional del maestro. Porque 2 de nosotras están estudiando el magisterio, y otra ya ejerce, porque después de los padres uno de los que tiene la responsabilidad de creárnos buenos hábitos de lectura es el maestro,  porque amar los libros es más que leerse uno por semana… Es que nosotros, habitantes lunares de este rincón de lectura, venimos a deciros: ¡feliz día del maestro! Hoy, con una reseña, que esperamos os haga reír mucho, y os  de una pincelada de un oficio que a veces la gente poco valora.

 

Datos del libro

Portada

  • Título: El lazarillo de torpes
  • Autor: Miguel Martín Sandín
  • Editorial: La Esfera de los Libros
  • Año de publicación: 2018
  • Género: Humor

 

Sinopsis

Este libro cuenta las divertidas, y con frecuencia desconcertantes, experiencias de Ulpiano Pizarro en su primer año como profesor de Filosofía e Historia en secundaria, es decir, de «eso» que llaman ESO. Convertido en un verdadero lazarillo de sus alumnos, Ulpiano narra con humor y acidez el día a día en un instituto, donde deberá enfrentarse a adolescentes sobrehormonados capaces de preguntarle: «Entonces, ¿si dejo de comer fruta solo veré en blanco y negro?» o responder en un examen que «El homo eructus vivía en las tabernas». El Pelota, la Cuqui, el profe Dramas o e Enteradillo son solo algunos de los personajes que desfilan por estas páginas hilarantes que te harán llorar de risa… ¡o de pena!

 

Opinión Personal

Ha sido un libro divertido del inicio al fin; uno de esos que compartí con ‘Firence’ (muy pronto publicará por aquí espero) en esas horas interminables de lectura donde la docente (graduada hace dos años que hay en mi) sale a darse un paseo. ÉL que es abogado, me dijo que esta reseña no estaba completa, si no incluía un pasaje del cuál aún se acuerda y con el que por más esfuerzos que haga, no contiene la risa.

Esa misma tarde, Pérez recorrió dentro de un cubo de basura una larga cuesta hasta empotrarse contra una furgoneta de reparto. Eso significaba el 3: Pérez al cubo.

 

Como venía diciendo de mi faceta de profe constante, me pareció más que increíble poder compartirle al ya mencionado Firenze, algo que muy pocos que no están relacionados directamente con la docencia saben; y son los momentos en los que tus estudiantes te sorprenden con una salida, un trabajo, o un dibujo que te deja perdido, o con ganas de verlo al día siguiente. Ulpiano viene a explicárnoslo así:

 

No te enfades conmigo,

Ulpiano, mi hermano.

De la clase eres el rey,

tu pensar es pa’ mí ley.

Ya sé que los primates

pueden aprobar mates.

Ahora los respeto,

con ellos no me meto.

Me lo ha enseñado Ulpiano,

ven bro, trae tu mano.

O mejor dame tu brazo,

como profe molas mazo.

 

Aún me falta aprender los distintos tipos de caras que tiene Ulpiano no solo para ‘Molar mazo’ sino también para asegurarme de que ellos, esos seres de sorpresas constantes, me respetan y me temen cuando han hecho alguna trastada.

 

Antes de pasar el borrador miré al grupo con cara monje benedictino esperando una explicación. Nada. Pasé a cara qué es lo que no me queréis contar, hijoputillas. Nada. Último recurso: cara tipo que partió la cara a Chuck Norris y no tendrá reparo en hacer lo mismo con las vuestras si no confesáis. Nada.

 

Ante la poca efectividad de las caras (si es que en algún momento me empeño en serio y me doy el tiempo de practicarlas lo suficiente como para que hagan parte de mí) quizá y otras medidas un poquito más… ¿drásticas? Surtan efecto. Si no las había pensado, este libro también me dio el insumo para hacerlo:

 

No había hecho hasta ahora ninguna alusión a mi aspecto porque no me parecía importante para el desarrollo de esta historia, pero me temo que el momento ha llegado. Veamos: soy bastante alto, bastante delgado y bastante pelirrojo. Todo ello lo suficientemente bien combinado para haberme ganado en pocos días el mote de Zanahorio. Algo sospechaba cuando al entrar en un pasillo oía exclamaciones del tipo:

—Que viene el Zana.

El hecho quedó confirmado al encontrar encima de la mesa de 3.º A un magnífico ejemplar de esta hortaliza. Por si no había captado la indirecta, el regalo venía acompañado de un coro de diabólicas sonrisitas colectivas, guiños entre ellas y codazos entre ellos. Decidí sobre la marcha no embestir a un capote tan burdo, así que abrí la ventana y la arrojé a la calle.

 

—No es la temporada —dije por toda explicación a un coro de adolescentes boquiabiertos.

Después, con la autoestima recuperada, me dispuse a dar mi clase con toda normalidad.

Lo último que esperaba era encontrar al día siguiente sobre la mesa otro ejemplar (o acaso el mismo) cubierto de tiritas. En esta ocasión no reían, los muy ladinos, sino que habían adoptado en conjunto el aspecto triste de la familia que vela a un paciente en el hospital.

 

Tal vez había llegado el momento cara del tipo que partió la cara a Chuck Norris. Dejé el maletín en la silla, despegué las tiritas una a una y le di a la zanahoria tal bocado que resonó como un cañonazo en aquel silencio de sacristía. Luego, arrojé el resto a la papelera.

—Si mañana vuelvo a encontrarla sobre mi mesa cubierta de pelusillas, haré esto mismo con cada uno de vosotros. ¿Ha quedado claro?

 

 

En el libro como en la vida no solo de Ulpiano sino de muchos de nosotros, es más que evidente lo difícil que nos es desligarnos de nuestra profesión incluso cuando estamos en casa; siempre hay un examen que corregir, un problema en el que pensar, o niños a los que ayudar.

 

Observación de campo: los profesores no somos solo profesores durante nuestra jornada laboral, sino que lo somos a tiempo completo. No digo esto solo porque vuelva todos los días a casa cargado como un trapero y tenga que redactar informes de entrevistas, preparar clases o corregir disparates, quiero decir exámenes, hasta la madrugada. Tampoco es que vayamos por ahí dictando nuestras ideas o evaluemos con nota las respuestas que otros nos dan, igual que mi padre no baja la bandera cuando lleva a mi madre a la compra (creo), los médicos no se sientan a la mesa con el fonendoscopio colgando (qué horror si hay sopa) o los barrenderos no están todo el día dándole a la escoba por el pasillo (menudo cansancio, aunque bien mirado la cosa no deja de ser un chollo).

Tal vez sea solo un problema de los novatos y los veteranos hayan conseguido evitarlo con el paso del tiempo (aunque por lo que oigo me da la impresión de que ninguno lo ha logrado del todo), pero nada más llegar a casa parece que el instituto entero sigue bullendo dentro de la cabeza: lo que dijiste y no deberías haber dicho, eso tan oportuno que no dijiste y se te ocurre seis horas más tarde, lo que te dijeron y no supiste interpretar, lo que sí supiste interpretar y no te gustó un pelo cuando te lo dijeron, lo que no te dijeron y necesitabas escuchar, lo que uno dijo sobre otro y resulta exactamente lo contrario de lo que el otro dijo haber dicho…

A veces oigo voces. Muchas.

Pero eso no es todo. Es que ayer, mientras hablaba con María, en un par de ocasiones le pregunté ¿me entiendes?, y debí de hacerlo con tal energía que necesitó recordarme que ella no era una de mis alumnas.

 

¿dije antes examen? Bueno… Ya me dirá quien lee la reseña, si un día después de esforzarse, buscar material, pensar en la mejor forma de exponer un tema complicado sin que resulte difícil de digerir, encuentra en los exámenes respuestas del tipo:

 

En el Renacimiento se quería volver a nacer (lo dice la palabra) y por eso fueron a América a descubrir cosas nuevas, a conquistar tierras nuevas o utensilios para la guerra, como tanques.

 

—En esta época se creó la Santa Inquisición, también llamada Congregación del Santo Orificio.

 

Exámenes, adolescentes de hormonas  a full, y… ¿Padres desubicados?

—Es que a mi hijo hace dos años no le dejaron entrar en el programa de verificación testicular.

El tutor se recuesta en la silla inestable, parpadea varias veces tratando de comprender lo que acaba de escuchar.

—Perdón, ¿cómo dice?

—El programa ese para los que tienen más dificultades.

—¿Se refiere a diversificación curricular?

—Eso.

 

Finalizo esta entrada tan llena de citas, recordando a quien no lo sepa que los docentes poco descansamos, que si bien tenemos vacaciones, nunca nos coinciden como debieran, que no nos la pasamos descansando, y que no es que eligiéramos enseñar como última alternativa. Al final del día, siempre que vas a dormir, cierras los ojos pensando:

 

No sé si cuando deje de ser el novato seré tiquismiquis, dramas o enteradillo, pero lo que desde luego tengo claro después de estos diez meses es que quiero seguir esquivando balones en el patio, redactando programaciones infinitas, escuchando «que viene el Zana» por los pasillos o incluso viajando a París con los nuevos Marotos que no faltarán.

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