Johana y el árbol de los emoticonos

Johana y el árbol de los emoticonos

¡Gatos! una vez más yo, dejándome ver el pelo por aquí. Hoy, con una deuda que debo saldar con las blogueras de este recuncho, y con algunas otras personas que se dejaron ver.

Empiezo por contaros que en mi país, se organizó un concurso de cuento en braille en el que podían participar personas ciegas. la temática era la discapacidad visual.

Muy bloqueada, y sin tener muy claro que escribir, le pregunté a mi pareja que le parecía que participase. dijo que sí, y que me apoyaba. también mi familia, y némesis. el tema radicaba en que no me salía la inspiración. Para no hacerles larga la historia, concursé. el premio lo darían en la feria del libro de mi ciudad y consistía en que publicarían mi cuento en braille y tinta para que muchos niños ciegos y no ciegos de todo el país, pudieran leerlo. Insignificante para algunos, gratificante para mi.la pregunta del millón era: ¿podré ganar?.

Una semana antes de que se hiciera oficial lo de donde sería el premio y esas cosas que anudan la panza y aceleran el corazón, me enteré que uno de los jurados del concurso, sería cierto escritor al que ya hemos reseñado por este rinconcito. Se trata de Emilio Ortiz.

Quien como parte de la promoción de su segunda novela (Todo saldrá bien)  se pasó por Colombia. El caso de todo esto, es que bueno, esta bloguera y recuncheira que hoy escribe esta entrada, tubo el gusto de ganar (por segunda vez) el premio al concurso nacional de cuento. y bueno, como de bien nacido es ser agradecido, toca dar las gracias a quienes desde siempre con un confío en ti, o un escribe que se te da bien, lograron ponerme ideas locas que luego pasé al ordenador. a mi familia, amigos, y pareja, por aguantar mis conversaciones y mis inseguridades, y a mi corrector de estilo por decirme que el cuento estaba bien, pero que no lo entusiasmaba del todo.

Sin más anotaciones, creo que deberé enviar (cuando estén impresos unos ejemplares a España de los dos libros pequeñitos que contienen los cuentos de la ganadora infantil, y el que leeréis (si habéis sido valientes de llegar hasta aquí) impresos en y en tinta. tengo una deuda con mis diosas lectoras.

Posdata: gracias a Emilio Ortiz por firmarme el libro, y por reparar en un título raro. Ignoro si desde siempre te gustó, o fuiste el que dio el voto en contra mientras los otros dos decían que si. Igual, conocerte fue un gusto.

Johana y el árbol de los emoticonos

Libro

 

Tamia, la maestra de teatro, ese día en clases le habló a Johana y sus compañeros de primero, sobre un mimo muy famoso llamado Marcel Marceau. La maestra habló de lo famoso que era y de lo inteligente que debía ser para fijarse hasta en el último gesto de las personas y copiar todo lo que hacían. Cuando la clase terminó, Johana, con solo 6 años, decidió que cuando grande, sería como Marcel.
Iría a la universidad, imitaría la forma de caminar de sus compañeros y profesores, se pintaría la cara de blanco, y la gente la aplaudiría. En el recreo, buscó a Sancho, el gato, para contarle lo que tenía en mente. –cuando sea grande, ¡voy a ser un mimo!, voy a imitar a los demás, y a hacer caras chistosas.
-hmmm. ¿eso no es muy difícil? Preguntó Sancho
-¿por qué? soy muy inteligente y sé que podré -aseguró la niña .
-porque creo que para eso necesitas ver, saber que caras te hace la gente.
Johana se lo pensó bien, y decidió preguntar a quienes conocía, ¿cuántas personas ciegas eran mimos. pero… ¡ay!, nadie conocía ningún mimo que cumpliera esas características.
Cuando llegó a su casa le pidió a mamá, que en el celular buscara sobre su pregunta, pero tampoco él sabía. Cuando fue a dormir en la noche, le contó a su abuela lo triste que se sentía porque Sancho le había dicho que no habían mimos ciegos, y que nadie conocía ninguno así. Julia su abuela, le contó la historia del árbol de losemoticonos.
Este árbol, crecía en su pueblo natal, y tenía unos frutos muy curiosos; los había que tenían cejas levantadas, ojos tristes, bocas que sonreían mostrando los dientes, o arrugando la nariz, entre un millón de cosas curiosas. La abuela contaba que las formas de las caras que tenían estos frutos amarillos, eran similares a las que hacían los mimos que a veces le describía su mamá cuando iban de paseo.
Ese fin de semana, todos fueron a la finca de la abuela julia; allí, Johana tocó y olió los frutos de el árbol de los emoticonos, pero aunque cada uno olía muy distinto al otro, tuvo miedo de probarlos. Su mamá la animó diciéndole que no había ningún problema, que incluso podía darles un mordisco pequeño y ver que pasaba, o un mordisco grande, y  saber si el sabor le gustaba o no. El primero que se comió, tenía unos ojitos cerrados, como con gotas saliendo de las esquinas. A Johana le dijeron que esa era una cara triste;  cuando mordió esta fruta, le supo a cebolla y sus ojos se llenaron de lágrimas; luego, se comió otro fruto que tenía una lengüita  que se relamía en señal de que estaba muy rico, y este le supo a fresas con chocolate.
Johana comió y comió hasta estar muy llena. Cada vez que comía, tocaba su cara para reconocer si su gesto era de felicidad, de dolor, de asco, de tristeza, etc. Después de mucho tiempo de regresar cada fin de semana a la finca  a comer nuevos  y más complejos frutos, Pudo por fin, memorizar todas las caras que tenían los frutos, y construir  una que otra muy divertida.
Mucho tiempo después, cuando creció y fue a la universidad para estudiar como ser un mimo profesional, volvió a encontrar a Sancho el gato justo el día, en que estaba triste y confundida porque tenía que hacer un examen, y no se sentía capaz de graduarse. Consistía en que debía quedarse en la puerta del salón, e imitar las caras que hacían todos sus compañeros cada vez que entraban.
¿cómo podía hacerlo si no veía y le daba pena tocar las caras de los demás? Sancho luego de meditar y halarse los bigotes, se escondió en el sombrero de copa que tenía puesto; y con el hocico en el oído de Johana, le iba susurrando que cara ponía cada uno. Primero pasó el profesor con cara de estar enojado. Esa cara era fácil de imitar porque solo tocaba arrugar las cejas; pero las arrugó tanto, que cuando el profesor pasó, tubo que volver a dibujárselas porque de tan arrugadas, se le veían borrosas. Después pasó Roberto; ese día, había comido pollo al almuerzo y como no era su comida favorita, le dolía la barriga. Pero como no le dolía nada, Johana, no podía hacer la cara. Sancho le dio un mordisco en la oreja y la cara de dolor, fue tan exacta y tan igual, que todos la aplaudieron. Pasada una hora de caras y caras, ya muy cansada, su último reto fue imitar a Jorge; él era alérgico a los gatos; por lo que, cuando pasó frente a Johana, estornudó tan fuerte, que lanzó lejos a Sancho.
Johana salió corriendo y se puso muy triste porque pensó que no iba a poder graduarse y hacer su sueño realidad; pero cuando llegó a la ceremonia, el maestro le entregó su diploma, nombrándola la mejor mimo de toda la carrera; y a Sancho como el único y mejor gato secretario, que mimo alguno, había tenido jamás. Desde ese día (con un poquito de ayuda gatuna de vez en cuando para maullarle al oído las caras de las personas) Johana se ha convertido, en la mejor mimo de su ciudad y su país.

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