Duna y Paella.  Un cuento para @attenhea

Duna y Paella. Un cuento para @attenhea

¡Hola, gatos con ojos astutos, pelajes brillantes y orejitas siempre alerta!. Hoy es martes, y toca escribir. Pero… Hoy es diferente. Pasaré a explicaros porqué. Resulta que hace algún tiempo hice un experimento en el que  yo le pedía a las personas de mi Facebook que me pusieran 3 palabras, y mi misión era con esas 3 únicas palabras, construir un cuento. Por lo general, suelo escribir cuentos para niños; paso de los había una vez una princesa y todas esas cosas.

Creo que debéis estar pensando en que, como es mi costumbre, ya se me ha ido la pinza y no contaré nada. ¡estais equivocados!. El caso es que bueno, les propuse a los chicos del rincón de lectura  esto y me dijeron que sí. La primera en ofrecerse a que destruyera sus 3 palabras, fue Attenhea. Vamos a ver que tal sale este primer intento de dinámica bloguera que se me ha ocurrido. Crucen las patitas, arqueen los lomos, y abran las orejas.

Duna y Paella.

Duna se despertó esa mañana, sintiéndose la pantera más triste y desafortunada de todo el continente africano. Era la más pequeña de 3 cachorros que no hacían sino correr y ver a mamá cazar. Como cada día desde que pudo abrir los ojos para ver la tierra que le rodeaba y la cueva donde vivía, aplastó la tierra con las patas, se brilló el negro pelaje con la lengua, y comprobó que sus ojos seguían siendo tan verdes como la noche anterior cuando fue a beber agua al lago.

Como cada día desde que conoció a Paella, fue a esperarlo sentada  a la sombra de la acacia que estaba junto a la aldea. Luego de mucho esperar, su amigo gordo y tragón, apareció. Paella era… ¿cómo decirlo amablemente sin ser odiosos?… digamos que tenía debilidad por esas comidas tan ricas  que solía robar a los vecinos de su casa, y una afición particular a los peces que crecían en el lago, otra a perseguir a las crías de cebra para darles uno que otro bocado porque aquello de comérselas, estaba difícil. En suma, su amigo, era un gato muy salvaje.

Duna, por el contrario, era la pantera más tierna que alguien pudiera conocer. Soñaba con hacerse bola en la cama de los niños, y por pedirles haciendo caritas tiernas, le acariciaran bajo la barbillita. Adoraba la leche, y prometía (si un día los habitantes de la aldea no huían al verla) ella solita, comerse a todos todos los ratones. En suma, Duna era la pantera más doméstica sobre esta tierra.

Juntos, ella con sus ojos verdes como la hierva y su pelaje negro como la noche, él con sus ojos azules como el cielo, y su pelaje blanco como la luna, fueron a su escondite particular para encontrar la forma de engañar a sus familias respectivas de modo que, pudieran cambiarse sin ser reconocidos. La cueva, era oscura, pero llena de ramas y hojas sobre las que los dos acababan sentándose siempre.

—Ayer estuve hablando con una gallina antes de morderla —comenzó su amigo—. Ella dice que lo que queremos, es absurdo; y que no existen los gatos salvajes, ni las panteras domésticas.

—Yo hablé con el búho, y me dijo que  si era posible; si ambos, volviéramos a nacer.

—Alguien tiene que encontrar la forma de ayudarnos! ¡no puede ser tan complicado!

 

Paella empezó a morderse las garras de pura frustración, y Duna a tirarse tan fuerte de los bigotes, que acabó por arrancarse 3. —¡Ya se!— Gritaron los 2 al tiempo.— Debemos ir a hablar con fisgón, la vieja ardilla del río. Dicen que ella, es la diosa de la naturaleza, y que todo lo sabe.

—No podemos, dijo Paella. Si vamos juntos, creerá que vamos a comérnosla. Aunque… si te soy sincero, ¡esa ardilla está para comérsela!. Luego de mucho pensarlo y darle infinitas vueltas, decidieron arriesgarse. ¿qué era lo peor que podía pasar?

 

Fisgón, era la ardilla más distinguida que humano           alguno pueda imaginarse. Cada día, le pedía a los pájaros, peinaran su esponjosa cola para que, se mantuviera sin enredos y siempre se viera perfecta. Además, diariamente, le compraba a Victoria la salamandra, unas algas mágicas que crecían en el lago, con propiedades anti arrugas y unos nenúfares que, al tenerlos entre los labios por 3 minutos, te los ponían de un rojo maravilloso. Fisgón era en toda regla, una diosa muy ardilla. O una ardilla muy diosa.

 

Cuando Fisgón los vio venir, sintió un pánico absoluto. Quiso esconderse, pero tenía la cola tan bien peinada,

Que se veía con más volumen. El primero en llamarla fue Paella. —¡Hola!, ¿puedes oírnos? -¡tranquila!, no vamos a comerte. gritó con fuerza Duna.

—¿Qué quieren? Preguntó la diosa temblando de la punta de la nariz, hasta la punta de la cola.

—Queremos saber ¿cómo cambiarnos para vivir ella en la aldea, y yo en la selva.

—¿Qué estáis dispuestos a hacer si os cumplo el deseo?

—Lo que tú quieras!

—Regresen mañana, y tendrán una respuesta. Fisgón lo pensó toda la noche; le dio mil vueltas al asunto, pero no lograba decidirse. ¿y si luego de cambiarlos, el gato ese tan gordo quería cenársela? Y si luego en la aldea la pantera negra mordía a los niños?.

A la mañana siguiente  muy temprano, ambos animales fueron a presentarle sus respetos a Fisgón. Paella, haciendo un esfuerzo enorme por no comérselo, le había llevado un trozo de pastel de nueces. Y Duna las mejores algas anti arrugas que había podido conseguir. —Los regalos que me traen, son muy bonitos; pero me temo, que no tengo buenas noticias. La única forma en que puedan intercambiarse los lugares, es que vayan  donde el señor guacamayo. Le pidan les rasure el pelaje a ambos y luego vayan a donde el topo, para que este usando resina del árbol del caucho, se los pegue.

Ambos animales se lo pensaron un momento. -¿será que la diosa tiene razón? Muy pensativos se dirigieron a la cueva para meditar si, aquello de quitarse el pelaje era posible. Luego de mucho discutir, morderse las garras y arrancarse los bigotes, decidieron ir a afeitarse por completo para luego cambiar sus pelajes.

Realizando el peludo cambio, cada uno se dirigió a su casa respectiva esperando con mucha ansiedad, no ser descubierto. Pasado algún tiempo, Duna y Paella volvieron a encontrarse nerviosos; ¿por qué? —En mi casa, dicen que para ser un gato doméstico, crezco muy rápido. —En la mía dicen que no dejo de ser un cachorro de pantera. Todas las noches, me agarran de las patas y me estiran.

Muy nerviosos (ante la perspectiva de verse descubiertos, fueron a consultar a Fisgón. Ella, viendo que aunque pasó un tiempo prudente para que  cambiaran de parecer, les ordenó: —Báñense en el lago, y tendrán una sorpresa.

Ambos amigos, muy nerviosos, fueron a hacer lo que se les pedía; cuando el agua los tocó, el pelaje se les fue despegando del cuerpo dejando a la vista a una Duna blanca como la luna, y a un Paella fiero y negro como la noche.

Este, lectores, es el final de una historia un poco loca. Si a ti el reto de proponerme palabras (más exactamente 3, para que yo ponga a volar mi imaginación y construya un cuento te atrae, haremos esto mismo cada mes. Cuando se publique, te haremos mención, para que sepas que está listo. Sin más, gatos del mundo, entre más podáis compartirnos, leernos y maravillarte con lo que escribimos, más agradecidos te estamos nosotros como blogueros. La próxima semana con más y mejor.

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