27 AÑOS SIN CAMARÓN DE LA ISLA

27 AÑOS SIN CAMARÓN DE LA ISLA

Alguien dijo que con Camarón ha sucedido lo que con muy pocos artistas flamencos en la historia. En una España eternamente dividida en sus preferencias, Camarón fue aceptado por todos. Por todos, incluidos jóvenes y viejos. Querido por los más viejos y venerado por los más jóvenes, asumió toda la tradición del flamenco y lo renovó gracias a su portentosa intuición, a su capacidad imaginativa, a su ansia de búsqueda de nuevas formas y a ese quejío que, sin duda, era la encarnación del duende.

 

Portada

Saludos amigos.
Estoy por aquí de vuelta, y lo hago volviendo al flamenco, mi gran afición.
Esta entrada no va a ser sobre un libro en concreto, sino que quiero intentar abordar de forma somera el fenómeno biográfico que se generó alrededor de Camarón de la Isla a raíz de su muerte, ocurrida tal día como hoy, 2 de julio de 1992.

En su último año de vida le enseñó a un guitarrista la palma de la mano, y bastó para que el otro se percatase de lo que sufrió el gitano. Dentro de Camarón había un anacoreta en busca de público y un presidiario cien veces prostituido. Incluso cuando encaraba los cantes más alegres, su grito olía a dolor. Otros flamencos fueron más leyenda que él, vivos y muertos, pero ninguno conmovió a tal diversidad de caracteres, ni congregó tantos peregrinos sobre su tumba.

La muerte de Camarón supuso para el mundo del flamenco algo así como si ahora estuviesen vivos Cervantes o Shakespeare y muriesen. Se habló mucho de que si ha muerto el flamenco, que si el cante se quedó mudo…, todo para agrandar en su muerte el mito de alguien que llegó a serlo ya en vida, y que debido a su extrema timidez y a su introversión nunca quiso ser protagonista, pero que siempre supo quién era, no cabe duda.

Sin embargo, en el entierro de Camarón, de tanta gente como acudió hubo golpes, empujones y desmayos. «Corrían hacia la comitiva batiendo palmas y gritando “olé”, “olé”. Muchas personas lloraban abiertamente, otras arrojaban claveles blancos y hubo más de un desmayo… Ante el desconcierto policial, los gitanos montaron su propio servicio de orden, que tuvo que abrirse paso a patada limpia.»2

Los buenos flamencólogos sostienen que lo más parecido a eso fue el entierro de don Antonio Chacón, pero no podría compararse. A San Fernando llegaron autobuses fletados de toda España, y por su capilla ardiente desfilaron más de cincuenta mil personas durante toda la noche.

Aunque Camarón no fue nunca un cantaor de muchas ventas, sus conciertos fueron siempre multitudinarios.

El de la Isla fue a dar con la época de los vídeos, los discos compactos y hasta el doble estéreo, que él mismo inventaría en un día memorable, recordado entre risas por los amigos. Sus conciertos eran clases de sociología. La familia gitana, con la matriarca levantando la falda de lunares y compitiendo con su vecina en el baile, daba lugar a unos espectáculos dignos de lo que ocurría sobre el escenario. Y arriba se escuchaba a Camarón y una guitarra que nunca era mala. Pero abajo, en los escenarios más variopintos de España, se veía eso: dos familias, una enfrente de la otra, bailando y cantando, jaleándose todos, faldas, chaquetas levantadas y abrazos al final. Gitanas quinceañeras, engalanadas como para ir de boda y comentando entre risas que Tomatito debería mirar de frente para verle su cara bonita; los gitanos palmeros de veinte años, ole, ole, ole, taconeando en el suelo y cruzando los brazos en aspas, diciendo «ya está, Camarón, ya está, no cantes más que lo aprenden los payos». Los payos no lo aprendieron. Y los gitanos tampoco.

Con todo esto, y la polémica generada por los derechos de autor de sus letras tras sus declaraciones a los reporteros de Informe Semanal, a la vuelta de su estancia en la Clínica Mayo de Rochester, Minesota, el fenómeno biográfico tuvo un filón muy interesante.

Existen obras de todo tipo y calado reflejando la obra y milagros del genio de la Isla. Aquí intentaré acordarme de algunas de ellas, poniendo en su “análisis” la mayor objetividad posible, sin desdeñar por supuesto un tinte personal, y sin obviar ni mucho menos mi afición al flamenco y a Camarón en particular, más que nada porque mis compañeros de blog no me dejarían vivir sabiendo que es mi cantaor favorito.
Antes de empezar con el lío reiterarles mi agradecimiento por su apoyo ante la proposición de esta entrada, que no es fácil. Y a Samira en particular por cederme su día de publicación. ¡Se os quiere!

Los Principios

No recuerdo cuando fue la primera vez que oí a Camarón. Sin embargo, aunque según estudios uno no define sus gustos musicales hasta no sé qué edad, yo lo tuve muy claro siempre: ¡Camarón era el mejor! ¿lo era realmente? Para mi sí, pero en cuanto fui creciendo, y me fui abriendo al conocimiento sobre el flamenco, conseguí “objetivar” (si se me permita el término) el porqué de que lo fuera.
Si echo mis recuerdos a volar, y rememoro mis primeros años de niño,
Aún recuerdo a mi madre meciéndome cantando cosas de Camarón. Sí, a mi me cantaban por Camarón, y no el “duérmete niño, que viene el coco” 😊.
Luego, ya algo más mayor, mi querido tío José me enseñó o que sabía de Camarón, y siempre tuvo a mi disposición su discografía en cintas de cassette que devorábamos como locos.
Cuando Camarón falleció, yo tenía 5 años, y aunque recuerdo con mucha claridad aquella tarde en la que me enteré, no fui consciente hasta bastante tiempo después de quién fue camarón, y de lo que significa para el flamenco y para mí en concreto.

Los viejos griegos, que practicaron la hematoscopia, y los vetustos romanos de la República y el Imperio, que daban sentido a la aparición de los fenómenos naturales que coincidían con hechos luctuosos o importantes para Roma, hubieran interpretado de alguna manera el que una multitud de golondrinas, que nadie sabía de dónde llegaban, revolotearan sobre el ataúd de madera color miel en el que llegaban a su Isla los restos del cantaor. Ocurriría igualmente otro fenómeno extraño el día de la corrida homenaje que sus amigos de la tauromaquia tributarían al cantaor el 12 de septiembre en la centenaria plaza de toros de San Fernando, que consistió en una suave lluvia cuando se abrieron las puertas de cuadrillas y los diestros se disponían a hacer el paseíllo. ?Lloraba Camarón desde el Cielo lleno de emoción y gratitud? ?Capricho de la climatología que había hecho inevitable el que desde el verano se racionalizara el agua por la escasez de los pantanos gaditanos?
Las golondrinas revolotearon entre la multitud que luchaba por llevar sobre los hombros el ataúd con los restos de José Monje, envuelto con la bandera azul y verde, con la roja rueda del carro, de los gitanos.
Era la luz magnífica en esa hora crepuscular pero caería de pronto para desesperación de los fotógrafos. Se agrisaría el cielo de la Isla de Camarón a la altura de la Venta de Vargas y había anochecido cuando la multitud que rodeaba al cadáver se topó con la multitud que lo aguardaba en la Plaza del Rey, la céntrica plaza en donde se levantaba la imponente fachada neoclásica del Ayuntamiento de San Fernando.

No recuerdo exactamente cuándo, pero en cierta ocasión, mi tío, me leyó parte de Camarón, Vida y muerte del Cante, de Enrique Montiel, y es cuando quise saber más, conocer más sobre ese sujeto que me cautivaba cantando.

Empezando a conocerle

Encontré el libro de Montiel en el catálogo de libros de una biblioteca, y por supuesto lo pedí para leerlo en un campamento. Yo en aquellos tiempos era un jovenzuelo de 13 años y medio que compatibilizaba sus estudios en el instituto con el salir con los amigos y devorar libros, y en aquel momento tocó este libro.
Descubrí en él, a unos personajes que no imaginaba. Y, aunque pueda parecer raro, descubrí que Camarón era humano, es decir, empecé a desmitificarlo, pese a que se hablaba de la leyenda que se generó a su alrededor

Años después, ya bien cumplidos los veinte años, probaría la droga de verdad, el polvo blanco de Colombia, cuyo prestigio en el mundo artístico, y en otros mundos, era inquebrantable.
La cocaína era un remedio eficaz contra la fatiga, una ayuda inestimable para los excesos, para el no dormir, para el cantar en una fiesta hasta las claras del día, para estar «a gustito» más allá del límite de las fuerzas.

Siempre supe de las adicciones de José, pero no por sabidas, deja de ser duro leer cosas como la cita anterior, pero no por eso dejará de gustarme como cantaor, aun no estando de acuerdo con esas cosas.
Me parece magistral la escritura de Montiel, las descripciones paisajísticas, de la cotidianeidad de la Isla de Camarón (es como llama el autor a la Isla de San Fernando)

No quise ver cómo enterraban a José y por eso bajé veinticuatro horas
después para recordarle ya muerto, para darle el pésame a María Picardo,
la mujer de Juan Vargas, que fue como una madre para él; a Joselito y al
Lolo, que fueron como sus hermanos; a su familia, a Chispa, su mujer, y sobre todo a Manuel, su hermano mayor, el que le canta a esa gran bailaora que es Sara Baras.
Manuel es un gitano elegante, fino, callado y sabio que cuando me vio después del entierro, me abrazó y casi con un soplo me dijo: «Pepe, yo no sabía que mi hermanito era tan grande…»
Esa grandeza que Manuel nunca entendió, sólo la intuyó días más tarde cuando subió a Madrid para el funeral que se le organizó a José Monje y le presenté en el restaurante Casa Lucio a Julio Iglesias.
Julio, cuando supo que yo estaba cenando con el hermano de Camarón, se acercó y, a punto de arrodillarse ante Manuel, le dijo: «Fue el más grande, fue un Rey. Por eso deja que te abrace y hasta me arrodille ante ti…»
A Manuel, sobrio, callado, casi se le saltaron las lágrimas y volvió a repetir lo mismo: «Pepe, yo no sabía que mi hermanito era tan grande…»

Esta cita, que cuenta el periodista Pepe Oneto en el prólogo me llegó, me hizo descubrir mucho del origen humilde de la familia de Camarón.
Cabe destacar en esta obra una muy interesante colección de respuestas en entrevistas recopiladas de distintos medios de comunicación españoles. También, un apartado con la discografía de Camarón, poniendo la letra de cada uno de los cantes, si bien, Montiel se pasó por alto el disco “el camarón de la Isla con la colaboración especial de Paco de lucía (1971)”, o como se diferencia de los otros con el mismo título Son tus ojos dos estrellas

¡Quiero más!

No tardando mucho, me encontré con Camarón de la Isla, se rompió el quejío,, de Andrés Rodríguez, que vino a completar la información que ya tenía con el anterior.
Lo que veo de diferente con respecto al anterior, es como plasma Rodríguez la relación que existen o no entre la música de Camarón y otros músicos de la época, cómo se experimentaron otras músicas, que al final dieron lugar a “la leyenda del tiempo”, obra cumbre de la discografía camaronera.
Este libro me llegó junto a obras inéditas del cantaor isleño, como Antología Inédita, producida en 2000 por Ricardo Pachón para Universal, que obviamente me indujeron a querer más conocimientos.
Es en esta obra donde conocí más a fondo la polémica por los derechos de autor con la familia de Paco de Lucía, si bien ya se abordaron en el libro de Enrique Montiel.

José Candado, un extremeño criado en Badalona, que acompañó a Camarón los últimos cinco años de su vida como representante y ayudante, con la perspicacia que se les atribuye a los catalanes para los negocios, trabajaría lo suyo, sobre todo después del éxito en Montreux en 1991, en el Festival de Jazz y la Noche Española en la que actuó Camarón, para que el de la Isla fichara con la casa discográfica de Quincy Jones. A Camarón le debió parecer una cosa muy complicada eso de los contratos, de los líos con
el dinero. Porque lo suyo eran los tres «kilos» por cantar metidos en una bolsa de plástico o envueltos en papel de periódico y que se lo dieran a la Chispa, que él con lo del bolsillo se aviaba.
En verdad todo llegó demasiado tarde, cuando ya doblaba la última vuelta del camino, del largo camino de la Isla a la Inmortalidad. Quizá por la mala conciencia de haber dejado pasar a quien fue el más grande, las televisiones se volcarían con su entierro, bucearían en todos los rincones de la memoria videográfica sus imágenes y darían a la información mortuoria toda la intensidad que le dieron. En vida, más bien poco, casi nada. Pero España es así con sus mejores hijos y con ello hay que contar.
Quizás ahora que ya no existe, que sólo está su cante y su memoria, PolyGram le dé el carácter de artista internacional que no le dio en vida a Camarón, dándoselo a Paco de Lucía, con todo merecimiento, como es lógico.
La ineptitud, que es palabra leve para definir la capacidad de Camarón para todo lo que no fuera cantar, vivir y tener alegría, se intenta paliar tras su muerte con la creación de una Fundación Camarón de la Isla. Es un empeño loable que dirige el abogado barcelonés Antonio Agesta con la colaboración de Portabella, también abogado y excelente amigo del cantaor, cuya finca de Olopte, en el Pirineo catalán, ofreció a José para que se recuperara en noviembre de 1991, cuando la enfermedad hacía algo más que enseñar las orejas.
«Que por lo menos la mitad sea para mis hijos» fue todo su testamento, la petición que Camarón hace desde el más allá a los que aquí se han quedado para que todo lo que lleve su nombre, sus discos y su arte sea administrado no como él lo habría administrado de seguir viviendo. Porque él, era verdad, no sabía hablar, sólo sabía cantar. De números ni siquiera habló, para qué.
Es muy posible que su última voluntad sea fielmente respetada, de un modo ejemplar. Evidentemente, no como desde el entorno linense del cantaor se pretendió, manchando el nombre de su gran amigo Paco de Lucía, especialmente por José Candado y sus
fantasías sobre los derechos de autor, un asunto que sólo podrá ser resuelto con generosidad y buena fe por parte de todos, también con la racionalidad de los abogados Agesta y Portabella, ya reseñada más arriba.
Paco de Lucía, un artista extraordinario de dimensión internacional, era la persona llamada a ser el auténtico mentor de la memoria de Camarón y garante de la seguridad de su familia, tanto jurídica como económica. Es posible que se retome esta posición y se haga posible, se aísle como a un virus a los que han entrado a saco en una ejecutoria de más de veinte años en donde ha resplandecido una amistad sin mácula y una colaboración que ha sido fundamental para el flamenco.

Cuando lees textos como este, extraído de “Camarón, vida y muerte del cante”, sólo se te ocurre pensar que, ¿cómo es posible que siendo Camarón un personaje tan popular, no haya tenido nunca una asesoría económica y legal desde el principio, por muy gitano, y muy bohemio que fuera? ¿cómo es posible que se eche la culpa de quedarse con dinero de Camarón, a una familia que lo dio todo por él? Una familia sin la cual, Camarón…, sí, hubiera sido un gran cantaor, pero sin duda no sería ni mucho menos lo que fue.
En 2003, apareció Paco de Lucía en vivo, de Juan José Téllez, que si bien no es una biografía de Camarón, sí ahonda en la relación entre Paco, su familia y José.
Alrededor del décimo aniversario de la muerte de Camarón, en 2002, aparecieron varios proyectos tanto biográficos como discográficos, que si bien, están muy bien, porque aumentan los puntos de vista y se profundiza en la figura de Camarón, no es menos cierto que puede resultar un tanto reiterativo.
Creo que uno de los más interesantes es Sobre Camarón, la leyenda del cantaor solitario”, del poeta y letrista extremeño Carlos Lencero, que apareció en 2004. Ya en el prólogo hace una declaración de intenciones, que hace que el libro sea totalmente distinto a lo que se espera de cualquier biografía:

Éste no es el libro de un periodista, ni de un crítico. Ni siquiera

el de un simple aficionado al flamenco. Es un libro de un hombre sobre otro hombre. Dos tipos que han pertenecido a una misma generación y han compartido ciertos gustos y aficiones. Otras, no. El flamenco y los toros, por supuesto. Y alguna que otra verdura. El amor por una cierta forma de soledad también nos fue común. Ese amor aterrorizaba a José. A mí, en cambio, me fortalece. Pero en cualquiera de los dos casos se trataba de una forma de amor. Y es que el amor, ya sabes, adopta a veces formas muy sutiles.

Yo no fui nunca amigo de Camarón. En el sentido profundo de la palabra «amigo». La vida tampoco nos planteó esa posibilidad. Tras su muerte, han aparecido docenas, cientos de tipos que dicen haberlo conocido en la más profunda intimidad. Yo nunca fui uno de ellos.

Lo traté en distintos lugares, en distintas épocas, en distintas situaciones, por motivos laborales o de simple afición, y siempre nos tuvimos una cierta simpatía. Nada más.Él era un artista. Yo, otro. Y jamás abandonamos nuestros planos respectivos. La palabra «respeto» era, al menos antes, una palabra muy flamenca.

No asistí a su entierro. Me deshice de sus discos. Lo condené al olvido. Un hombre, dijo Stevenson, cuando muere, siempre muere joven. Pero José era jovencísimo, joder.

Su muerte me hizo daño. Como a muchos, supongo. Se hablaron, se dijeron cosas. Pasé de todo. Siempre puse mi pluma a su disposición. Dejando a un lado el cante y otras leches, Camarón era un buen tipo. «Soy de un natural sencillo…», cantó más de una vez. Y a mí me va ese rollo.

Es este uno de los libros más críticos con respecto a la figura de José, puesto que la mayoría poco menos que deifican a un ser humano, que lo único que quiso y supo hacer es cantar bien flamenco.
En 2008, apareció La Chispa de Camarón, la verdadera historia del mito contada por su viuda, de Dolores Montoya (la Chispa) y Alfonso Rodríguez.
¿cómo abordo este libro? No sé, me cuesta por muchas razones. Y es que, me costó llegar a poder leerlo, y lo devoré con avidez.
Sí me gustó, la verdad, porque conocí muchas cosas de la intimidad de Camarón que en otros libros no hay, amigos verdaderamente íntimos de los que no tenía conocimientos…, pero, quizá, el hecho de que esté escrito por la viuda, tiñó el libro de un cierto tufillo… benevolente. ¿en qué sentido? Al ser la esposa quien lo escribe, hay cosas que todos conocemos de las que hizo Camarón, que se tiñen de cosas que todo el mundo hace, que bueno…, pero en líneas generales es un libro muy bueno.
El más crítico de todos los libros que he leído sobre Camarón, es Camarón de la Isla, el dolor de un príncipe, de Francisco Perejil, quien en una reedición dice:

Yo tenía veinticinco años cuando empecé a escribir este libro. Y han pasado veintiuno. En aquel momento pretendía saber qué había detrás de tanta agua clara que baja del monte, detrás de tanta gitanita canastera, de tanto mimbre y tanto primito mío de los que hablan las letras. Y resultó que lo que uno encontró no fue siempre lo que le hubiese gustado encontrar. Había mucho baboseo en el mundillo flamenco, mucho mito, mucho tabú, demasiado oscurantismo, mucha palabra innombrable como el cáncer que lo mató, la droga que lo destruyó o la hija que tuvo fuera del matrimonio. Y, sin embargo, de Camarón se podría decir hoy lo mismo que dicen los argentinos de Gardel: que cada día canta mejor. Se fueron apagando todos los que trataban de imitarlo y quedó el misterio de su voz.

En este libro, vemos como voces autorizadas, como los hermanos de Paco de Lucía, Antonio Pulpón, que fue el representante de Camarón durante muchos años…
Encontramos testimonios de todo tipo y color sobre la figura de Camarón, y claro está, que no son todos malos. Es un libro realmente interesante, y en muchos momentos hasta divertido.

En diciembre de 1991, mientras grababa cuatro sevillanas para una película de Carlos Saura, explicó por qué abandonaba la droga. «Le he visto las orejillas al lobo y he dejado la heroína y la cocaína, que me estaban matando… Un día se me cayó el mundo encima. Volvía mi Luis una tarde de la escuela y me dijo: “Papá, me han dicho que tú eres un drogadicto…”. Y eso ya pasa de castaño a oscuro… Los niños son chiquititos, pero no tontos.» Eso por una parte. Y por otra: «Los gitanos han visto en mí un modelo, imitan mi cante y también mi forma de vivir»5.

Hay muchas otras obras de las que se podrían hablar sin duda alguna, pero creo que esta entrada es lo suficientemente significativa como para intentar aproximarse a la vida de uno de los mejores músicos que ha tenido este país, y probablemente el mayor adalid del siglo XX en el mundo flamenco.

Espero que no os haya sido un tostonazo la entrada. Y si por un casual, os da la curiosidad por leer alguno de los libros aquí mencionados, me puedo dar por satisfecho.
Gracias a mis compañeros de blog por alentarme a adentrarme en el mundo de Camarón para contarlo aquí.
Recibid un saludo, y nos vemos en la próxima entrada.

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1 comentario en “27 AÑOS SIN CAMARÓN DE LA ISLA”

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